Cuando los mercados financieros caen, el miedo suele ocupar todos los titulares. Los inversores se preocupan por las pérdidas, los medios hablan de incertidumbre y muchos se preguntan si ha llegado el momento de vender.
Sin embargo, existe un riesgo mucho menos visible que aparece precisamente cuando los mercados suben y las bolsas alcanzan máximos históricos. Un riesgo que rara vez ocupa portadas y que, paradójicamente, puede provocar más errores que las propias correcciones del mercado.
Ese riesgo tiene nombre: FOMO.
¿Qué es el FOMO?
FOMO son las siglas de Fear Of Missing Out, una expresión que podría traducirse como “miedo a quedarse fuera”.
En inversión, describe la sensación que experimenta un inversor cuando observa cómo los mercados suben, otros obtienen rentabilidades positivas y él siente que está perdiendo una oportunidad.
Es una emoción poderosa porque no nace del miedo a perder dinero, sino del miedo a no ganar lo que otros están ganando.
Y precisamente por eso resulta tan peligrosa.
¿Por qué compramos tarde?
La teoría es sencilla.
Todos sabemos que una de las claves de la inversión consiste en comprar activos de calidad a precios razonables y mantener una visión de largo plazo.
La práctica suele ser diferente.
Cuando los mercados corrigen, la mayoría de los inversores sienten incertidumbre y prefieren esperar. Sin embargo, cuando las bolsas llevan meses subiendo y las noticias son optimistas, aumenta la sensación de seguridad.
Es entonces cuando muchos deciden entrar.
El problema es que suelen hacerlo después de una parte importante de las subidas.
La historia de los mercados demuestra que el entusiasmo colectivo suele aumentar a medida que avanzan las revalorizaciones, no al principio de las mismas.
Por eso, muchas veces los mayores flujos de dinero llegan cuando las valoraciones ya son elevadas y el margen de seguridad es menor.
¿Por qué vendemos demasiado pronto?
Curiosamente, el mismo inversor que compra tarde suele vender pronto.
Cuando una inversión comienza a generar beneficios aparece otra emoción muy humana: el deseo de asegurar las ganancias.
Muchos inversores sienten más satisfacción al cerrar una posición ganadora que al dejar correr una inversión durante años.
Sin embargo, las grandes rentabilidades suelen concentrarse en periodos prolongados de tiempo.
Las compañías que crean valor durante décadas rara vez lo hacen en unos pocos meses.
La consecuencia es conocida: se venden las inversiones ganadoras demasiado pronto y se mantienen durante demasiado tiempo aquellas que generan pérdidas, esperando recuperar lo perdido.
Las emociones son el peor enemigo del inversor
La mayoría de los errores de inversión no tienen su origen en la falta de información.
Hoy cualquier persona puede acceder a más datos financieros de los que disponían los profesionales hace apenas unas décadas.
El verdadero problema suele encontrarse en la gestión de las emociones.
La euforia impulsa a asumir riesgos excesivos.
El miedo lleva a vender en momentos de incertidumbre.
La impaciencia dificulta mantener una estrategia de largo plazo.
Y el FOMO empuja a tomar decisiones que responden más a las emociones del momento que a un análisis racional.
Por eso, muchas veces el principal riesgo para una cartera no es el mercado, sino el comportamiento del propio inversor.
Cómo combatir el FOMO
No existe una fórmula mágica para eliminar las emociones, pero sí algunas herramientas que ayudan a gestionarlas.
La primera consiste en disponer de una estrategia de inversión previamente definida.
Cuando un inversor sabe qué objetivos persigue, cuál es su horizonte temporal y qué nivel de riesgo está dispuesto a asumir, resulta más sencillo evitar decisiones impulsivas.
La segunda es recordar que siempre existirán oportunidades.
Los mercados financieros llevan más de un siglo generando nuevas tendencias, nuevos sectores y nuevas compañías. Pensar que una oportunidad concreta es la última suele ser una ilusión creada por el momento.
Y la tercera consiste en mantener una visión de largo plazo.
La rentabilidad sostenible raramente se construye persiguiendo cada movimiento del mercado. Suele ser el resultado de disciplina, paciencia y consistencia.
Conclusión
Cuando las bolsas están en máximos, el mayor riesgo no siempre es una posible corrección. En muchas ocasiones, el verdadero peligro es la sensación de que debemos actuar inmediatamente para no quedarnos fuera.
El FOMO ha llevado a numerosos inversores a comprar tarde, asumir riesgos innecesarios y abandonar estrategias perfectamente válidas.
La historia demuestra que los mejores resultados suelen obtenerlos quienes mantienen la disciplina cuando otros actúan movidos por las emociones.
Porque en inversión, tan importante como seleccionar buenos activos es evitar que nuestras emociones tomen las decisiones por nosotros.
Comprender los mercados es importante. Mantener una estrategia coherente cuando la incertidumbre o la euforia aumentan suele ser aún más importante.
En SLM-AFI trabajamos para ayudar a nuestros clientes a tomar decisiones patrimoniales con criterio, perspectiva y visión de largo plazo.

